La historia hasta ahora
Era noviembre, lluvia, viento, frío, una de esas mañanas en las que es mejor quedarse en casa. Piojo López intentaba, sin éxito, reunir las fuerzas suficientes para salir de su gris apartamento a su triste trabajo. ¡Y qué trabajo! Limpiador de inodoros atascados en residencias geriátricas especializadas en incontinencia renal. Su trabajo encontraba a medio camino entre el blanco y el negro, más gris imposible! Sin embargo a P. López, así le llamaban los agradables viejitos de las residencias que frecuentaba, no le quedaba otra opción. No venía de una familia adinerada, ni disfrutaba de una situación económica cómoda. Ese gris trabajo era lo único que le separaba de la inmundicia.
Piojo López se dirigió a la residencia Santa Demencia donde ya había estado innumerables veces. Al entrar la recepcionista le saludo: - Buenos días Piojo. - Buenísimos sí, una maravilla de día... - murmuró nuestro maravilloso protagonista mientras se dirigía al ascensor. De camino al ascensor observó flores, pero no unas flores normales, eran coronas, sabía que alguien había fallecido, no le extrañó, ni le entristeció, de echo no le provocó ninguna reacción. Se abrieron las puertas del ascensor y ahí estaba Vivi, la enfermera más hermosa que existía, al menos para Piojo. - ¡Buenos y maravillosos días! - Dijo Piojo el hipócrita. - No son tan bueno Piojo... - sollozó Vivi - Doña Rogelia ha fallecido, pobre mujer. Piojo no supo que decir, no le tenía ningún aprecio a esa señora, justo lo contrario y casualmente la primera habitación a la que tenía que ir era la suya. Al entrar fue directo al inodoro donde se encontraba una nota: "Abre la tapa, tienes mi último regalo. Doña Rogelia"
Cuando Piojo vio esa nota no pudo mas que pensar en qué Doña Rogelia escribió eso a modo a de burla, pero en su interior algo le decía que significaba algo más. `Que graciosa la vieja...` -pensó Piojo mientras se preparaba para hacer su trabajo. Y efectivamente no falló, ahí estaba, un excremento del tamaño de una hogaza de pan. Pero tenía algo peculiar, algo que incluso lo incitativa a tocarlo con su propia mano. Visualmente no tenía nada extraño, era un mojón como cualquier otro, salvo por su tamaño. Pero este mojón tenía algo especial. `Quiero tocarlo. ¿Estoy loco?. ¿Por qué quiero tocarlo?` -Eran los pensamientos que invadían la mente de Piojo. Entonces Piojo introdujo su mano en el urinario con la intención de tocarlo, pero su mente decía: ¡No! a la vez que casi no podía contenerse. Finalmente ese pensamiento intrusivo ganó. Pijo toco el excremento de Doña Rogelia. Estaba duro, se había secado y apenas emanaba olor. Y de pronto: ¡Puf! Piojo, desapreció de la habitación.